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NUEVO SITIO /// Bienvenido lo nuevo, adiós a lo viejo

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Que asi sea!

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camionero….. sería mi profesión de repuesto si no hubiese sido artista. Soledad, carretera infinita, una cierta mecánica u oficio, rudeza, potente nostalgia amorosa, velocidad pesada, ritmo, meta clavada en la mente… lluvia, sol, cansancio y algo de modestia humana, porque en el ir y venir no somos nada. La existencia es un camino. También aquello de relaciones un poco al paso que de pronto se convierten en exclusivas e intensas cuando el camionero viaja acompañado. Aunque por otra parte tener que seguir una ruta sin poder desviarse es claustrofóbico, esa es la parte menos buena. Roberto Carlos, además de genial, tiene una pata de plástico. Un amigo me cuenta que su tío era camionero, cuando lo acompañó en un viaje el tío iba sacando pedazos de un bistec crudo y los freía sobre el motor

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working around

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Nelson

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todo cambia

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Egon Schiele. Carlos Pérez Villalobos, de visita en mi estudio, comentó que las acuarelas eran un poco eso, aunque yo a Schiele lo veo más decorativo, o sea lo que se llama aveces estilizado, y también de un dibujo muy firme, anatómico donde se exageran un poco huesos y músculos, que yo trato de no hacer. Además es muy serio. Y muy bueno, no llego a tanto. Me dediqué entonces a estudiarlo un poco más, compré en BCN un libro muy bonito… ahora no sé qué pensar. Vivo en Schiele, soy schieleno.

Egon Schiele. Carlos Pérez Villalobos, de visita en mi estudio, comentó que las acuarelas eran un poco eso, aunque yo a Schiele lo veo más decorativo, o sea lo que se llama aveces estilizado, y también de un dibujo muy firme, anatómico donde se exageran un poco huesos y músculos, que yo trato de no hacer. Además es muy serio. Y muy bueno, no llego a tanto. Me dediqué entonces a estudiarlo un poco más, compré en BCN un libro muy bonito… ahora no sé qué pensar. Vivo en Schiele, soy schieleno.

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Anoche, junto a su familia (Sonita, Pablo, Rodrigo) y a los que fuimos sus amigos, evocación del Mono Olivárez a diez años de su muerte. El evento se llevó a cabo en un local cultural del Banco del Estado, en la Alameda, primero hablamos, luego el Roro nos brindó unas piezas musicales. Podría haber estado el propio Mono entre los asistentes… Sufrí cuando no lo tuve ya más al teléfono o conversando infinitamente un almuerzo. Amo a los espíritus libres, me derrito ante una cabeza emocional con energía propia. El Mono dedicó su vida a construir su propio personaje, a la conversación ilustrada, a los suyos, a la lectura, a la literatura. Él cultivaba la leyenda, no la historia. Como dijo Federico Schopf, el Mono aparecía y desaparecía, jamás se empoderaba, lo suyo era la periferia casual, y debajo de esa aparente ligereza, de esa especie de abandono, había un sacerdote manejando unos códigos estrictos, irrenunciables. Me aceptó en su mundo como casualmente, sin estrategias, y de él me fue llegando el espíritu del sur, la risa local, la finura perceptiva, la capacidad de escuchar y de decir, el manejo del tiempo. El Mono inauguraba a su paso un nuevo ecosistema regido por leyes orgánicas. Era atento a lo que yo hacía, observaba mis dibujos perturbados, leía mis textos cuando empecé a escribir más en serio, vino alguna vez a mis cumpleaños. Pero sobre todo compartíamos el menú de los empleados del diario La Epoca, y a menudo me conseguía un ticket de colación. Su grupillo almorzaba en un local al cual le llamaba él jocosamente “El Pabellón de Chile”, o en otro situado en una galería comercial de la calle San Diego, entre imprentas pequeñas, al que denominaba “El Chechenia”. El Mono era para mí la risa tocada de ternura y salpicada de pasiones. Siempre nos llevamos bien, conversábamos una o dos veces al mes, y su confesionario lo admitía todo, mezclaba lo escuchado y lo devolvía en forma de cock-tails asombrosos, donde se alternaban el relato llovido de sus tierras con los pistoletazos comprimidos de sus dichos. No era producido el Mono sino espontáneo. Nunca tenía problemas. Yo siempre estoy bien, afirmaba riéndose. El que me quejaba era yo, arrastrando mi alma por entre los matorales de cemento de esta ciudad. El Mono dominaba los dialectos de mi padre, también de familia sureña. Era un antiescritor, como Nicanor ha sido un antipoeta y como yo he sido, a mi modo, un antiartista. Hasta la victoria siempre.

Anoche, junto a su familia (Sonita, Pablo, Rodrigo) y a los que fuimos sus amigos, evocación del Mono Olivárez a diez años de su muerte. El evento se llevó a cabo en un local cultural del Banco del Estado, en la Alameda, primero hablamos, luego el Roro nos brindó unas piezas musicales. Podría haber estado el propio Mono entre los asistentes… Sufrí cuando no lo tuve ya más al teléfono o conversando infinitamente un almuerzo. Amo a los espíritus libres, me derrito ante una cabeza emocional con energía propia. El Mono dedicó su vida a construir su propio personaje, a la conversación ilustrada, a los suyos, a la lectura, a la literatura. Él cultivaba la leyenda, no la historia. Como dijo Federico Schopf, el Mono aparecía y desaparecía, jamás se empoderaba, lo suyo era la periferia casual, y debajo de esa aparente ligereza, de esa especie de abandono, había un sacerdote manejando unos códigos estrictos, irrenunciables. Me aceptó en su mundo como casualmente, sin estrategias, y de él me fue llegando el espíritu del sur, la risa local, la finura perceptiva, la capacidad de escuchar y de decir, el manejo del tiempo. El Mono inauguraba a su paso un nuevo ecosistema regido por leyes orgánicas. Era atento a lo que yo hacía, observaba mis dibujos perturbados, leía mis textos cuando empecé a escribir más en serio, vino alguna vez a mis cumpleaños. Pero sobre todo compartíamos el menú de los empleados del diario La Epoca, y a menudo me conseguía un ticket de colación. Su grupillo almorzaba en un local al cual le llamaba él jocosamente “El Pabellón de Chile”, o en otro situado en una galería comercial de la calle San Diego, entre imprentas pequeñas, al que denominaba “El Chechenia”. El Mono era para mí la risa tocada de ternura y salpicada de pasiones. Siempre nos llevamos bien, conversábamos una o dos veces al mes, y su confesionario lo admitía todo, mezclaba lo escuchado y lo devolvía en forma de cock-tails asombrosos, donde se alternaban el relato llovido de sus tierras con los pistoletazos comprimidos de sus dichos. No era producido el Mono sino espontáneo. Nunca tenía problemas. Yo siempre estoy bien, afirmaba riéndose. El que me quejaba era yo, arrastrando mi alma por entre los matorales de cemento de esta ciudad. El Mono dominaba los dialectos de mi padre, también de familia sureña. Era un antiescritor, como Nicanor ha sido un antipoeta y como yo he sido, a mi modo, un antiartista. Hasta la victoria siempre.

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l’artiste errant

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ferocitas es también la infancia

ferocitas es también la infancia

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Yo en llamas por todos lados

Ferocitas es un viaje de muchos años a través de los canales que comunican al alma con el cuerpo y viceversa, son canales invisibles pero se sienten a cada momento.

Un poco de historia. Comencé la serie hacia 1999, a horas perdidas. Compré entonces unos pliegos grandes de papel de algodón, renové mi caja de acuarelas, busqué pinceles de pelo de marta y luego de acrílico (últimamente no son nada malos), y de a poco fue apareciendo un ambiente, un modo de hacer. A veces trabajaba aperrado, durante meses, produciendo dos o tres o seis o más piezas al día, luego era preciso deshacerse de muchas, o volver a pintarlas. O también, absorto en cosas distintas o en un ánimo lejano a la acuarela, los papeles y las pinturas quedaban por ahí meses o incluso semestres, para después retomarlo todo de nuevo, con otro entusiasmo, con la cabeza siempre un poco virada hacia cualquier lado.

Finalmente la serie consta de más de cien piezas seleccionadas, probadas, nunca puedo decir con exactitud cuántas porque voy poniendo y sacando. Son formatos pequeños o medianos.

No soy un pintor de verdad como lo han sido Nelson Leiva o Adolfo Couve o Pablo Burchard, a quienes abrazo, sino apenas un evocador de imágenes. He sufrido mucho por eso, durante años, el que mi mirada no sea del todo estética sino siempre ligada a los significados, a la cosa que represento. Oh Dios existente o inexistente dime…. ¿por qué no soy un verdadero pintor? Lo único que puedo aspirar a estas alturas es a ser yo mismo.

Recuerdo haber visto hace años un Cezánne auténtico en Chile, un joven sentado con camisa, muy largo uno de los brazos, y no sé si estaban en aquella sala Couve o Skármeta, el caso es que entendí en ese momento la gracia incomparable de Cezánne y de los pintores que son realmente pintores, para los que cada trocito de la tela es un mundo. Hay otra versión, la ví en Sao Paulo, en un museo muy feo que quedaba en un edificio como de oficinas. Ahí estaba la ausencia de énfasis, que le llama Borges, o quizá ese instante entre dos momentos que representa tan bien Velázquez.

A Velázquez lo voy a ver de vez en cuando al Museo del Prado, y siempre caigo muerto ante sus negros, sus azules verdosos, sus tierras, que al acercarse uno a las figuras parecen deshacerse en la nada. Velázquez es un señor, porque aparte de la sutileza domina el formato monumental. Pero eso es pintura, ya lo he dicho, y yo soy un eventual, un periférico, siempre así, en los exteriores, dando tumbos, lejos de los gremios, perdido mientras cae la tarde con sus amenazas, avergonzado, mal vestido, ohhhh, ufff. Mis acuarelas arrancan quizá de la admiración rendida que de joven tuve por Klee, o por el menos conocido August Macke. Klee era como un asteroide brillante que se me apareció de repente, y desde entonces para mí fue imposible conciliar el sueño sin que se metiera él en la cama, dormíamos juntos, abrazados, yo en llamas por todos lados, ensangrentado y feliz. Macke, alemán, murió joven pero antes de irse nos dejó unas acuarelas luminosas pintadas en Marruecos, y llegué a él no por la vía de la escuela de Bellas Artes a la que debo tanto, sino por un seminarista alemán, Heiner, que nos acompañó en un campamento scout, él era joven aunque unos diez años mayor que nosotros, con una melena rubia, cantaba a capella un Magnificat de un modo que se me estremecía el alma mientras miraba yo su piel tensa, me recomendaba a Macke y en un momento del paseo mató a un perro a palos. Yo no seguí con los scouts, él tampoco con el seminario, y no lo volví a ver pero me quedé con Macke.

La acuarela no se pinta concienzudamente como puede ocurrir con el óleo, sino que se prepara el color, muy aguado, como un jugo, se posan después los goterones sobre el papel y se va conduciendo aquello en diversas direcciones a medida que penetra en la fibra, con suavidad, alegremente, como una invasión, abandonándose uno a las sorpresas, a las absorciones, a los avances y retrocesos del pigmento flotante en el agua. Por eso es relevante la calidad del papel. Me entiendo muy bien con el papel Guarro (español) y con el Fabriano (italiano), mientras más caros mejor, porque son hechos a mano y con cien por ciento de algodón, con una textura rugosa, irregular y un reborde con barba. A medio secar es posible aún intervenir un poco, aunque con mucho cuidado, y a esas alturas también podemos secar con el pincel, o anular (nunca del todo) lo pintado con toalla absorvente. Una vez seco el papel se aplica una segunda capa para dar profundidades y matices, luego más, y de a poco comienzan a emerger suavemente la forma, el color, los matices, el ambiente, los detalles… entonces es cuando sabe uno si se va a salvar o no, hay que estar en todo momento dispuesto a abandonar y tirar lo hecho porque las acuarelas recocidas no tienen salvación. Al final se retoca aquí y allá con un poco de gouache opaco si hace falta, son detallitos.

Para mí el color se basa en la colaboración o guerra entre los azules y las tierras, o sea entre lo frío y lo cálido, y luego vienen los destellos de color más vivo, o alguna sombra negruzca. Siempre debe dejarse luz en cada capa de color.

Pero antes de poner el color está el dibujo a lápiz, muy suave, y últimamente lo he dejado ser menos preciso, menos cerrado, lo que importa al final es la impresión, el aire del conjunto. No quita eso que quiera ser poco estricto con la forma, a veces me guío por fotos o pinturas, otras voy de memoria, quiero que la mano, el escorzo, la cadera, los labios, los pechos, etc., estén bien resueltos, no de modo realista sino con conocimiento anatómico. Nada peor que una mano blanda como guante, por ejemplo. En unos cuadernos o libretas voy anotando apuntes con ideas para después pintarlas, aunque miento al decir que son ideas porque las ideas no tienen forma y lo que hago en los cuadernos es un dibujar sin rumbo, sin intención, sin pensar nada, y de pronto hay algo que se puede aprovechar. Mis dibujos me salen lo que se llama en arte “inteligentes”, que contra lo que pudiera pensarse no es algo bueno. La inteligencia mata muchas cosas. Picasso dijo una vez que él no había cultivado su inteligencia para no arruinarse como artista, y yo he hecho al contrario que él. O sea que mis dibujos son una ruina artística, pero igual me gustan, me hacen falta, y trato de darles una dimensión estética en base a aguadas. La acuarela es suave, y por eso le conviene, creo yo, a los dibujos un poco rudos.

Dibujo sobre todo el cuerpo humano, y más el cuerpo que conozco mejor, o sea el mío, el masculino, aunque las mujeres siempre están presentes porque la verdad es que saben más del cuerpo que nosotros, y sólo en ellas se cierra el círculo, son como la luna, como la esfera, como la cama, ellas traen la tibieza y el aroma, esa confusión del ser.

El cuerpo joven es siempre hermoso, aunque se nos oculte. Pienso que las manos, los genitales, la boca, los ojos deben dibujarse de mayor tamaño porque son más importantes. Me confunde que estemos pensando en lo que nos importa, por ejemplo el falo, es un hecho que con él tenemos los hombres una relación especial, y sin embargo en la vida cotidiana aquello no existe, si uno es bien educado debe arreglárselas para que no se note. Pasa también con la muerte, que por cuestión de modales siempre se deja para después aunque revolotee ella por los relojes, al caer la noche, al levantarse el alba, o cuando nadie nos llama y nos envuelve el silencio…. cada cambio es un pasito hacia la nada final. También están las vísceras, las secreciones, todo aquello que brota desde dentro, de lo que se ocupan sólo los médicos con sus métodos científicos y en el fondo sin tener idea de qué pueda ser realmente es la vida… La sangre, en cambio, aparece mucho en las películas.

Entendiendo por alma el anima de los latinos y por cuerpo el soma de los griegos, si es que no me equivoco, que en la lectura de los clásicos cada cual encuentra lo que quiere encontrar, o lo que puede. Cicerón se refiere a la ferocitas como una condición  de los jóvenes, opuesta a la pueritas de los niños o a la gravitas de los ancianos.

Estas acuarelas las he hecho habitualmente de rodillas, sangrando, o elevado por los aires y llena la cabeza de aire blando, nunca de modo sensato, y al caer a tierra muchas veces pierdo la conciencia, no me acuerdo de nada.

Las pinturas, una vez terminadas, van cada una con su marco, y cada marco con su pintura, se trata de una relación meditada. Desde hace años voy de vez en cuando al mercado persa de Bío-Bío, o al Parque de los Reyes con Brasil, y vagabundeando por entre las cosas usadas, en esa periferia, en el subsuelo urbano podríamos decir, me hago de algunos marcos antiguos en cada paseo. He llegado a formar una colección, aunque es un poco penosa, las molduras están casi siempe resquebrajadas o saltadas, las esquinas no ajustan… es eso lo que me atrae. Son marcos con historia, como de casa de campo o de familia apenas próspera. Imagino los años que habrán pasado en alguna pared, mientras se desarrollaban allí quizás qué dramas o aburrimientos.

Cualquier pintura de esta serie es en verdad muchas pinturas, en todas ellas se cruzan historias o mitos o apariciones poco definidas que emergen de la siesta o de alguna esquina del día. No hay significados precisos, nada de eso, son más bien atmósferas o episodios. Tengo dudas sobre su belleza, pero son parte mía, no las voy a desconocer. Igual me abochornan, las observo a veces como asunto familiar y a veces como una sustancia extraña, pero finalmente necesito de los demás, quién no. Somos parte del misterioso tejido humano. Así es que aquí está lo hecho, para quienes quieran mirarlo, así podré enterrar o disolver todo esto, decirle adiós.

Juan Guillermo Tejeda, Santiago de Chile, fines de 2009.

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